Y para cuando me quiero dar cuenta, ha llegado la Navidad. Paseo por la calle más céntrica de la capital y de las cientos de personas que la recorren yo soy la única que mira las luces que la visten de gala. De vez en cuando alguien levanta la vista para volver a bajarla enseguida y yo quisiera saber en qué momento fue que el resto del mundo empezó a pensar que ver y mirar eran sinónimos. Me es imposible no echarte de menos y te imagino pisando el suelo que piso yo justo en este momento, pisando todos los suelos sobre los que tus pies han bailado al compás de los míos sin más música que tu risa –como si no fuese suficiente, como si con esa sonrisa no te bastara para incendiar buques de guerra–. Me pregunto qué estarás haciendo mientras la gente entra y sale de las tiendas y me ve sin mirarme, mientras recorro todas estas plazas atestadas de todos los que no son tú: plazas vacías. Aún quedan algunas gotas de lluvia en mi abrigo pero el frío es seco y no me cala, se va si lo echas. O (t/m)e lo quita(n/s). Esto no es frío. Frío es cada una de las mañanas en las que me visto sin ganas porque por las noches no me desvistes tú. Noches envuelta en mantas pidiendo imposibles a estrellas fugaces que nunca veo pasar, a pesar de que en mi cama siempre es de noche y hay cielo raso. Alguien choca conmigo y vuelvo a la realidad, no sé quién ha sido y no me importa, aunque me hubiese gustado pedirle que te buscase y te dijese que estás empezando a quedarme demasiado lejos, pese a que sólo haya pasado media hora desde que me diste un beso y te fuiste a trabajar. Pongamos que sí, que a los Reyes se les pueden pedir personas; pongamos que hablo de Madrid.
La distancia es un tipo de barrera y produce una soledad que no se entiende hasta que la vives. A mi al menos me has recordado a lo que yo sentía estando lejos, así que enhorabuena porque lo has plasmado tal cual.
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