3.4.14

EPÍLOGO

     Dejé tatuado el rastro de mi piel sobre la suya y tenía que volver a rozarla por si resultaba que las caricias tenían fecha de caducidad. Llegar a la frontera de mis posibilidades, ver(le) desde el borde de mi periferia, visualizar una vía de escape de acuerdo con mis proyecciones y, como recuerdo más nítido, el del azul de sus ojos mirando hacia otro lado. Al despedirnos tenía su garganta mi nudo, no quise mirarle una última vez, ya me había acostumbrado a besarle con urgencia por si de casualidad era la última vez que lo hacía. Y otra vez Madrid para mí, como en esa canción que ya no sé si me gusta, aunque aquella noche no hubiese más banda sonora que las gotas de lluvia repiqueteando contra el suelo. Llovía por no llorar, supongo. Sólo espero que me perdone el haberme sentido tan suya hasta llegar a olvidarme de ser yo.

1 comentario:

  1. Anónimo3/5/14 20:31

    No sé cómo lo haces, pero me alegro de que tengas ese don para fotografiar un instante, una sensación, un sentimiento, y revelar la imagen con tanta sencillez (y con tanto arte). Bien por ti. Y bien por quien tenga la suerte de leerte.

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