Dicen que las horas de sueño no se recuperan y ojalá fuese lo único que no vuelve una vez se ha perdido, porque es más difícil dar con uno mismo estando perdido que recuperar toda una vida de insomnio. Me perdí. Extravié un corazón y me quedé sólo con el músculo que bombea sangre. No quedó nada, ni roto ni entero, simplemente no está, no lo tengo. Debí perderlo a lo largo de los kilómetros que recorrí durante todos estos años, si por casualidad algún día te lo encuentras dile que no tenga prisa en volver a casa, que por aquí también hay crisis y no hay trabajo para él. Perdí cosas, sí, y aprendí también otras tantas. Aprendí quizás demasiado tarde que soy una persona y no la mitad de una naranja. Aprendí que cuando te caes te levantas y no porque tengas más fuerzas sino porque el suelo quema lo indecible, y aprendí de paso que cayéndote no aprendes a no caerte, aprendes a caer mejor. Aprendí que hay puertas que es mejor no abrir, camas que es mejor no deshacer y tequilas que te sientan mejor si los dejas en el vaso. Aprendí que el rímel se corre cuando lloras y que el recuerdo de un olor puede dolerte más que cien bofetadas. Aprendí que antes del mundo estoy yo, y que después de ti vino todo lo demás. ¿Vienes? Sentémonos y charlemos, de ti y de mí, de los viejos tiempos. ¿Qué te parece? Yo puedo encargarme de llorar en tu pecho, a ti siempre se te dio mejor reírme entre las piernas.
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