1.8.17

CUADERNO DE BITÁCORA: DOS MIL DIECISIETE

     Son mis ojos, es mi cara. Mi nariz, mi pelo, mis manos. Soy yo la que me mira desde el espejo. Sólo que no soy yo: sólo que me echo de menos. Echo de menos a aquella que un día se fue para perderse en quién sabe dónde, a esa a la que un día le pareció buena idea dejar la luz a la espalda para adentrarse en un túnel sin salida. La misma que terminó descubriendo que durante demasiado tiempo ha estado nadando en un océano de sinsentidos, que no se daba cuenta de que cuanto más (le) ganaba, más se perdía ella. Echo de menos a esa que reía hasta llorar y no al revés, a aquella que no se había convencido de que alguien no tiene que hacer algo por ti sólo por el hecho de que tú sí estés dispuesto a hacerlo por esa persona. Echo de menos a la que no tenía que repetirse cada día que estaba bien, que estaría mejor; echo de menos que la única forma de ganar no sea perdiendo.

Echo de menos tantísimas cosas.
¿A él? A él ya no le echo de menos.







1 comentario:

  1. Ah, el eco incesante del susurro de la tristeza. El reflejo de la cerradura en la ventana. Ese resplandor que quema en la nuca, y la sombra de nosotros que proyecta.

    Pero no existe ningún túnel sin salida, porque no hay puerta que no aguarde tus nudillos.

    Así que no queda más que seguir brillando. Llorar de risa no nos transforma. Aquella noche no fue tan oscura como murmulla la memoria.

    Tanta frivolidad pareces. Y tan profunda.

    ResponderEliminar