26.11.19

(DOS MIL) DIECINUEVE 2.0

     El secreto era que no sabía por dónde empezar. Era el miedo de que pasara lo que terminó pasando; como si pudiera haber pasado otra cosa. Que no lo decía en alto por si así conseguía que no y al final, mira, se me vino a caer el sol encima gritándome que cómo fui capaz de intentar taparlo con un dedo.

     El secreto es que sigue siendo un secreto, pero ahora por otras razones. Razones más feas y mucho miedo, no el mismo, que ojalá, porque aún peor.

     El secreto terminó siendo una verdad a gritos: que ni quise, ni pedí, ni merecí; no al menos lo bastante para hacer que aquel paréntesis no se cerrara.

     Qué sé yo... y qué voy a saber ahora después de tanto tiempo. Que una vez hace ya demasiado no supe por dónde empezar y he terminado caminando en círculos para convencerme a mí misma de que sigo teniendo motivos para no terminarlo.


Como si dependiese de mí; como si aún hubiese algo que terminar.

1.8.17

CUADERNO DE BITÁCORA: DOS MIL DIECISIETE

     Son mis ojos, es mi cara. Mi nariz, mi pelo, mis manos. Soy yo la que me mira desde el espejo. Sólo que no soy yo: sólo que me echo de menos. Echo de menos a aquella que un día se fue para perderse en quién sabe dónde, a esa a la que un día le pareció buena idea dejar la luz a la espalda para adentrarse en un túnel sin salida. La misma que terminó descubriendo que durante demasiado tiempo ha estado nadando en un océano de sinsentidos, que no se daba cuenta de que cuanto más (le) ganaba, más se perdía ella. Echo de menos a esa que reía hasta llorar y no al revés, a aquella que no se había convencido de que alguien no tiene que hacer algo por ti sólo por el hecho de que tú sí estés dispuesto a hacerlo por esa persona. Echo de menos a la que no tenía que repetirse cada día que estaba bien, que estaría mejor; echo de menos que la única forma de ganar no sea perdiendo.

Echo de menos tantísimas cosas.
¿A él? A él ya no le echo de menos.







6.10.16

DIECINUEVE

     El secreto es que llegó y me devolvió mi tiempo y mi espacio para que empezara de cero y me diera cuenta de que mi vida es un conjunto vacío del que no sé salir. El secreto es que no sé por dónde empezar, que tengo miedo porque no sé querer, ni pedir, ni merecer. Y el más feo, el que no podré volver a repetir nunca después de esta noche, es que a día de hoy sigo esperando que pase algo que lo estropee todo. Porque no es mi espacio ni mi tiempo lo que quiero, sino los suyos. Porque con el pasar de los meses he entendido que perderle supondría perder al único hombre que me ha devuelto intacta a lo que un día fui, al único al que he querido lo suficiente como para no hacerle más daño del que he sido capaz de hacerme a mí.

     Sigo esperando que pase algo que haga que pierda a la primera persona en años que me ha ayudado a darme un paréntesis de mí misma.

10.7.16

DE ILUSIÓN TAMBIÉN SE (SOBRE)VIVE

     Podría decirle que es todo lo que le falta a cualquier escala de grises; la frontera a la que llegas para quedarte a vivir. Decirle que es poder tocar el cielo sin mover los pies del suelo, que es querer y poder: quererle y poder. Que es morir de sueño y no querer dormir por si acaso al despertar descubro que nunca fue y mira, que sueños de esos ya he tenido suficientes para saber que estoy más despierta que nunca y aun así me echo a temblar cada vez que calla, cada vez que se convierte en quien un día tú hiciste que fuera, cada vez que tengo la certeza de que el que se me caiga el cielo entero encima es sólo cuestión de tiempo y de que aún no sé cómo voy a ser capaz de sujetarlo con mis manos.

     Podría decirle que empezar de cero y echar a correr no es perderlo todo si la línea de meta no está en la curva de cualquier espalda, hacerle ver que es él quien tiene miedo cuando soy yo la que corre hacia el precipicio sabiendo que el vacío no me va a sujetar cuando caiga.

     Podría convencerle de que tanto y de que todo, de que esta vez y de que yo sí, pero no serviría de nada porque siempre apareces borrando cualquier sonrisa y bajando miradas, porque sin saberlo echas sal en heridas que yo no atino a cicatrizar, porque un día acabaste con todo lo bonito que tenía y te fuiste dejándolo con lo poco que le queda, a lo poco que se agarra para no dejarse llevar.

     Podría decir tantas cosas: a ti, que no tienes derecho a ser sin estar; a él, que no tiene derecho a no dejarme que, a no darse la oportunidad de; a mí, que no tengo derecho a desaprender lo que tanto me costó aprender: que ser hogar de alguien que no sabe dónde quiere vivir nunca sirvió para nada y que una vez me prometí no volver a convertirme en el escondite de quien huye de aquello que en el fondo no quiere olvidar del todo. 

     Podría decir tantas cosas pero ya ves tú, que de ilusión sólo se sobrevive y cada quien se mata a su manera.

3.7.16

DE MESES Y MIEDOS

     Me pasa una cosa. Me pasa que alguien. Me pasa un cabezota que me hace reír veinticinco horas al día. Me pasa la sonrisa más bonita que os podáis imaginar, de esas que le hacen sentir a uno que por primera vez está conociendo la vida. Ese con el que nunca me desmaquillo porque me hace el amor cada noche hasta caer rendidos, el que me ha enseñado que el amor es mejor cenarlo en casa y que me sobran los cinco tenedores porque a él siempre voy a preferir comérmelo con las manos. Hay gente que te salva sólo con estar, gente que está y te hace ser; luego está él, construyendo muros que nos separan de un mundo que al otro lado no para de romperse. Mira, a estas alturas ya todos sabemos cómo funciona la vida: tropezarse con una piedra tras otra en un camino sólo de ida hasta que te caes sobre una y te la quedas, y yo me fui a tropezar con él sin saber que era él quien se había tropezado conmigo; que le quise salvar antes siquiera de darme cuenta de que era él quien me estaba salvando a mí. Porque no se lo he dicho nunca, que me ha salvado de dejarme las ganas en cualquier frontera; que es él la vida que podría faltarle a cualquiera y sin embargo me regala a mí. 

     Que desde que él ya no hay noches sin nadie que sea nadie, sin cualquiera que sea cualquiera, sin escala de grises. Que no hay miedos, ni dudas, ni peros. Que sólo hay ganas, todas las que le tengo. Que cuando duermo con él amanece siempre antes. Que me sonríe y se me cae el alma a los pies, aunque eso sí se lo dije. Qué se yo.

     Veréis: hace como doscientos días se nos puso el mundo patas arriba. Hace como doscientos días y parece que fue hace como doscientos años, porque desde entonces nada ha vuelto a ser lo que era. Desde entonces he llorado más de lo que me atrevería a reconocer y reído hasta perder el aliento. He aprendido a querer lo difícil cuando lo fácil era dar media vuelta y salir corriendo. He querido no querer y he querido que me quisieran. He volado y me he ahogado. He abandonado. He regresado. Me he desesperado por encima de todas mis posibilidades. He luchado como lo hubiese hecho cualquiera ante la oportunidad de no perderle. Y he ganado.

     Al final todo se resume en que hoy es ahora: ahora desde que todo. Qué noche más bonita se nos ha quedado para. Y mañana. Y pasado. Y todas las que me pida.