3.10.13

THE OTHER SIDE

     Le dirías si pudieras. Buscarías las palabras y si existieran borrarías la tristeza, descubrirías el tacto de su piel, desnudarías letras. No debieras, pero harías lo que fuera, no perderías la costumbre de ser un verbo conjugado en alguna terminación que no determinara otra intención que... Soltarías la armadura que protege a tu cordura frente a las promesas que no deberías hacerle y a las cuentas que te haces a ti. Si aguantaras lo bastante con las manos en el suelo y los pies en el aire, si fueras normal y no hablaras siempre en condicional. Ya no sabes lo que es ni cómo llamarlo, abróchate el cinturón, mejor. Se acabó el atardecer. No hay solución. Tiemblas sólo con mirarlo, para qué negarlo.


     No hice nada. Nada que no debiera o debiese, sólo si pudiera o pudiese, si no doliera o doliese; como si no quisiera o quisiese. Que no todo es comprender lo que se comprueba y a veces nos reímos del futuro sin saber que el pasado nos espera un poco más adelante.

1 comentario:

  1. Mas el pasado siempre se encomienda a nosotros. Y cuanto más terrenales nos sentimos, más el pasado se encomienda a nosotros. Nos reza sus plegarias en murmullos de tiempos difíciles de olvidar, ungiéndonos con elixires de posibilidades y crucificando con furia aquello que sí pasó. Las intenciones, en el altar de las intenciones, junto a los deseos.

    Pero nada de eso importa ya. No hay alternativas más allá de las que aquella vez imaginaste, ni más tortura que la que te llevas a la cama y que envuelve con su peso el desconcierto de no necesitar soñar despierto, de ser consciente de tu propia lividez. Y entonces te refugias en refugios, en la obsesión de subjuntivos que repites y repites como si pudieran (como si pudiesen) ser algo más que parcas extensiones de tus emociones, como si mostrasen (como si mostraran) siquiera la herida superficial de un océano insondable, inexpresable, incomprensible, bajo un manto de estrellas que alguien te regaló sin saber.

    Adorados, como dioses, por los tiempos pasados. Escondidos en un Olimpo de ilusiones. Ésas que me susurraste al oído y que después nos robamos el uno al otro mientras fingíamos mirar hacia otro lado. Ocultos, evocando en pretérito, apenas para darnos cuenta, en el ocaso de nuestra efímera divinidad, que jamás fuimos libres para haber hecho otra cosa. Que si el pasado, de repente, se tornara presente, volveríamos a caernos allí donde nos caímos: en el mismo lugar, con el mismo latido.

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