Estos días me han sacudido la vida de golpe y porrazo. Me llamó y me propuso ir a la playa, y qué queréis que os diga, en lugares como ese no puedes dejar de ser feliz aunque no sepas muy bien por qué lo eres. Sólo sé que en esa playa ya no quedaba nadie y que atardecía y, mientras paseábamos y hablábamos de aquella noche en la que nos conocimos hace tantos meses y en cómo la casualidad nos volvió a poner al uno delante del otro, creo que empecé a curarme. Luego le sonreí dándole las gracias. No lo entendió y no importó. 'Al final tuvimos suerte', me dijo; 'no sabes cuánta', pensé. Y entonces cerré los ojos y le besé; reuní todo aquello que no me atreví a decirle y lo derramé dentro de él. Que ojalá no -volver a- preguntarme nunca si fue buena idea el haberle conocido por si de casualidad termina doliendo -otra vez-. Que llenemos las ciudades de recuerdos y no el calendario de despedidas. Que midamos el tiempo cumpliendo promesas y no años y que echar de menos nunca deje de ser recíproco. Que si hay infinitos más grandes que otros el nuestro nunca deje de crecer; porque me dan igual todas las veces que hayas empezado a quererme si puedo sonreír al recordar la última vez que lo hiciste.
Probablemente, este capítulo sea el mejor de cuantos he leído. Y siendo los anteriores tan sublimes..., tiene mucho más mérito. Volver a desnudar esa sinceridad —o vestirla de transparencia cristalina, según se mire— con tanta elegancia es increíble. Envidia siento, pero sobre todo, lo que por supuesto siento es admiración.
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