Somos de quien nos acordamos cuando llueve. Esta noche tengo ganas de escribirte y, qué rabia, no llueve y no tengo más excusa para escribirte que la de querer hacerlo. Como si no fuese suficiente; quererlo digo, como si hubiésemos sido alguna vez algo más que un continuo querer y podernos por la fuerza. A veces lo pienso, que qué habría sido de ti si no hubiese dejado de llover, que no sé si lo sabías, que cuando más guapo te veía era cuando no me dolías, aunque no recuerde una sola vez en la que no lo hayas hecho. Una vez quizá al despertarme aquella mañana y verte aún dormido entre las sábanas blancas, o tal vez esa otra noche en aquel bar en el que no podías dejar de besarme y sonreír. Y me resulta imposible recordarte tal cual eres y te acabas convirtiendo en quien hubiese querido que fueras; como si los milagros existiesen y la gente cambiase, como si hubieses llegado para quedarte y no supiese lo que es cerrar puertas a patadas mientras te veo marchar. Como si tú ya no fueses el mismo, o como si fueses el mismo que en el fondo nunca fuiste cuando sí lo eras. Y quizá esta noche sí pueda imaginarte como quiero, a fin de cuentas del cielo no cae una sola gota y dentro de esta habitación estás lloviendo a mares. Para esto sirve la poesía, para hablar de la forma que tienen las cosas que no tienen forma. Porque ya hace muchas noches que no (me) llueve(s). Y menos mal.
Te encontré de casualidad hace una par de años, desde entonces no hay día que te visite para ver si escribiste algo nuevo, tu manera de escribir es especial, haces que me sienta tan envidioso, envidia sana no me malinterpretes, de esa manera que tienes de escribir. Pero a la vez tienes toda mi admiración y fascinación. No dejes de escribir que yo no dejare de visitarte.
ResponderEliminarGracias de todo corazón por compartir tu escritura con nosotros.