'Llegará una persona que sepa querer todos nuestros desastres, alguien que nos cure las medias sonrisas, esas que ponemos porque no estamos seguros de si somos felices o es sólo que ya nada importa lo suficiente como para hacernos sentir'. Y, otra vez, tampoco. Aquella vez, como otras tantas, terminaba preguntándome en qué boca estarían las respuestas y sobre qué cuerpo la salida de emergencia que me sacara de allí. Porque al llegar la noche me era imposible fingir que no me dolía, o que no tenía una licenciatura y dos másters en echar de menos.
Quizá tendría que hacerlo bonito, decir que el primer día que le vi quise abrazarle y no soltarle ya más, pero me parece triste teorizar sobre los principios porque de ser la misma historia de esos cuentos que tantas bocas me contaron seguramente no hablaría de nosotros. Esa noche llevaba los ojos a juego con mis ganas de verle, como esta noche, como todas las noches y todos los días desde que supe que me existía. Porque existir no es lo mismo que existir para alguien y desde que él todo es como estar despierta dos veces y no soñando en cualquier esquina.
Porque ríe igual que yo y porque no quiero un mundo donde sea una coincidencia que su boca y la mía encajen cuando son felices. Que me di cuenta de que el amor, como los besos, cuanto más despacio mejor. Y que qué más da si no lo entienden, si no lo entendía ni yo, que aquellos brazos que un día sujeté cuando se rendían ahora me abrazan a mí. Que le preferí antes de necesitarle, que uno y uno suman mi sonrisa en su boca y multiplican las carcajadas en los rincones; que me gustan las matemáticas en las que me enamoro cada día un poco más de las pecas de su iris izquierdo.
Quizá tendría que hacerlo bonito, pero este cuento empieza donde acaban todos los demás:
Érase una vez, nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario