Te ves mirando horizontes que no sabías que existían sin saber si quieres mirarlos, tan sólo por el placer que te da el saber que puedes hacerlo. Corres, no sabes bien a dónde ni hacia quién pero corres a sabiendas de que siempre te pasa lo mismo, que cuando corres sin rumbo terminas caminando exhausta y en círculos. ¿En qué momento te das por vencido y decides que ya es suficiente? Siempre tuve clara la respuesta: nunca. Pero lo sabes, que no es otra de tantas. Veces, digo. Que no es uno más porque siempre fue más hasta cuando era menos; porque te miraba mientras tú no tenías más ojos que aquellos que veían marchar a todos los que no cierran nunca una puerta sin abrir antes otras piernas. Y en realidad lo supiste siempre pero no te diste cuenta hasta aquella noche; esa noche en la que irse significaba quedarse para siempre. Llegó poniéndole puentes a los precipicios y por eso ocurra lo que ocurra siempre existirá un nosotros, aunque sólo sea en el vacío atemporal en el que se afronta el futuro consolándose con el pasado. Pero ojalá que no. Ojalá que al final de la ecuación entre conformarse y no necesitar nada más yo me siga encontrando siempre con (sus) dos ojos verdes mirándome como hoy lo hacen. Mi vida favorita, ya se lo dije, porque los mejores momentos de esta vida y de cualquiera son porque él. Porque cuando él todas las risas y la felicidad del mundo se quedan allí, entre nosotros, en nuestra habitación que es cualquiera en la que me esté sujetando la mano.
Mirad, hay sitios que te dan la paz justo cuando la necesitas y mi sitio no es un lugar. Que se acabe ya el verano y que se bañe en mis ojos. Y que se joda el mar.
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